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BAFWEEK 2027: festejar 25 años mientras la industria tiembla

Autor: Julieta Otero

BafWeek volvió a La Rural para celebrar sus 25 años con una edición grande, cómoda de recorrer y cargada de puestas en escena. Afuera, la moda argentina atraviesa uno de sus momentos más difíciles. Adentro, se habló poco de eso. Por suerte, hubo excepciones.

Volver a La Rural fue una buena decisión y puede parecer un detalle menor frente a todo lo demás, pero después de varias temporadas atravesando Buenos Aires de punta a punta para llegar de un desfile al siguiente, recuperar una sede central devolvió algo que BafWeek —y nosotras— necesitábamos: la sensación de semana de la moda. Gente entrando y saliendo, encuentros imprevistos, marcas grandes y diseñadores emergentes compartiendo espacio, tiempo para mirar alrededor… eso sí que es un lujo hoy. El Pabellón 8 y la Sala de Ventas concentraron buena parte de una edición que reunió 16 propuestas y más de seis mil personas en seis días en su cumpleaños número 25.

La coincidencia se sintió peculiar, eso no se puede negar, mientras BafWeek celebraba continuidad, la industria argentina vive un presente bastante menos festivo. Cierran marcas con historia y proyectos más chicos; producir localmente es cada vez más difícil; las importaciones vuelven a ganar terreno y Shein puso sobre la mesa algo que excede por mucho la discusión habitual sobre la moda rápida. Sus precios son casi imposibles de enfrentar para una marca argentina y, además, la plataforma ofrece algo que el mercado local sigue sin poder resolver: variedad y talles para personas que durante años quedaron afuera de buena parte de la oferta.

Nada de eso impide celebrar una semana de la moda, es verdad. Coco Chanel ya lo decía: “Los tiempos difíciles despiertan un deseo instintivo de autenticidad”; en buena medida pudimos verlo. Y esto tampoco obliga a convertir cada pasarela en un manifiesto económico. Aun así, durante casi todo BafWeek, flotó la sensación en el ambiente de que la crisis no existe, no queremos verla o, simplemente, es algo que pasa un poco más allá.

Había gente vestida para ser fotografiada antes de sentarse a fotografiar. Había ganas de jugar, de exagerar, de armar personaje… y lo entiendo. La moda también sirve para eso y probablemente en épocas complicadas sirva todavía más. Pero a medida que pasaban los días, la distancia entre lo que ocurría dentro de La Rural y lo que pasa hoy en el sector empezó a hacerse difícil de ignorar. Curiosamente, algunas de las colecciones más interesantes de la semana estaban hablando de ese presente aunque usaran otras palabras.

Lulú Martins debutó en BafWeek después de 17 años haciendo ropa. Lulú aprendió los primeros oficios de costura con su abuela y construyó una marca alrededor de una premisa bastante poco espectacular para los tiempos que corren: poca cantidad, bien cosida, pensada para durar y con un estilo muy propio. Y eso es justo lo que la vuelve tan valiosa. Su Sueño de una noche de verano llevó al anfiteatro de La Rural un bosque entre niebla, pájaros, mariposas y estampas propias. Fue una de esas ocasiones excepcionales en las que la puesta no parecía colocada encima de la colección para producir contenido: el público reconocía ese universo porque llevaba años siguiéndolo.

Valentina Schuchner también miró hacia atrás, aunque de una manera completamente distinta. Oda al Olvido nació de una investigación sobre los ajuares que las mujeres argentinas confeccionaban y heredaban entre fines del siglo XIX y comienzos del XX: enaguas, camisones, vestidos de novia, sábanas bordadas, pañuelos, objetos domésticos guardados durante generaciones… La obra textil de Louise Bourgeois se manifestó después como otra entrada a ese archivo. En plena aceleración del consumo, resultó difícil no pensar en la distancia que existe entre una sábana bordada que alguien decidió conservar durante cien años y una prenda diseñada para llegar, usarse y desaparecer antes de que termine la temporada. Valentina no necesitó escribir esa comparación en una pantalla, simplemente estaba ahí.

Luz Ballestero llegó a un lugar parecido desde el uso. Analógica partió de sus viajes por las rutas argentinas y de la manera bastante poco glamorosa en que realmente usamos la ropa cuando viajamos: repetimos, superponemos, atamos una campera a la cintura, nos ensuciamos, usamos algo prestado o damos vuelta una prenda porque está más limpia del otro lado. Su marca trabaja con producciones limitadas, reutilización de descartes y desarrollo local junto a productores argentinos. En una semana dedicada por definición a presentar lo nuevo, diseñar pensando en que algo pueda usarse muchas veces tiene bastante sentido.

Con Delfos, la situación dejó de ser tan lateral. Delfina Piñeiro recorrió el Camino de Santiago hasta llegar a Piñeiro, el pueblo del que partieron sus antepasados antes de emigrar a la Argentina. Con ellos viajó el oficio textil que su familia sigue ejerciendo cuatro generaciones después. La colección tomó símbolos de ese recorrido y los llevó al denim, pero lo más interesante estaba en la explicación de la propia diseñadora: reconstruir la historia familiar la devolvió a un presente en el que ese mismo oficio se vuelve “cada vez más frágil”. En esa fragilidad la palabra legado dejó de ser decoración para una gacetilla aniversario. Pero, ¿qué se hereda cuando no sabemos si van a seguir existiendo las condiciones para producirlo?

La pregunta sobre el cuerpo tuvo una contradicción propia, como siempre. A BafWeek le faltó diversidad sin imposiciones, la diversidad de talles fue más excepción que regla. Lulú Martins y Valentina Schuchner sí mostraron cuerpos que escapaban del talle hegemónico de pasarela. No es ninguna novedad que la silueta mayoritaria siguió siendo la delgada. La muy delgada, para ser más precisa.

La observación resultó especialmente evidente después de Anatomía, de Pucheta-Paz, una colección construida precisamente alrededor de la idea de que “el cuerpo es el primer patrón”. El desfile fue impecable en construcción y espectáculo, pero también dejó flotando una pregunta bastante literal: si el cuerpo es el punto de partida, ¿cuántos cuerpos entran efectivamente en ese punto de partida?

Vanesa Krongold trabajó telas recuperadas, materiales poco convencionales, estampados y tejidos propios dentro de una colección que mezcló calle y escenario. Hubo durante toda la semana varias maneras de hablar de producción sin pronunciar la palabra “crisis”.

Hasta que Sadaels la pronunció de otra forma y se agradece. El desfile estaba construido como un show de talentos. Cada modelo entraba, quedaba recortada por un reflector y tenía unos segundos para hacer algo propio: cantar, bailar, tocar un instrumento, actuar… En uno de esos momentos, una modelo tomó el centro de la escena y dijo: “No compren en Shein”. Brava. La frase se viralizó inmediatamente porque llevaba cuatro palabras para decir algo que durante días había permanecido bastante bien escondido debajo de la ropa.

Y entonces llegó María Cher, otra gran brava. El cierre tenía una ventaja y un riesgo: la marca también cumplía 25 años y podía limitarse perfectamente a montar un homenaje elegante a su propio archivo. Había material de sobra para hacerlo, de hecho. Piezas originales, cincuenta colecciones anteriores, imágenes que forman parte de la memoria visual de la moda argentina. El desfile número 51 podía cerrar prolijamente la retrospectiva pero, por suerte, María Cher eligió otra cosa. Su archivo incluyó también las discusiones que atravesaron esos 25 años. Ni Una Menos, aborto legal, seguro y gratuito, feminismo, memoria, mujeres envejeciendo, deseando, enojándose, tomando la palabra… La ropa convivió con danza, música, performance y palabras en la voz de la Negra Vernaci. En un momento se escuchó: “Si la justicia es machista, que sea feminista la memoria”. Y de pronto el archivo dejó de ser una hilera de prendas espectaculares que alguna vez vendieron bien.

Hubo una decisión bastante más arriesgada detrás: reconocer que una marca que viste mujeres desde hace 25 años también atravesó 25 años en los que cambió radicalmente qué podían decir esas mujeres, qué podían exigir y qué espacios estaban dispuestas a ocupar. “Hoy somos las nietas de todas las brujas que no llegaron a quemar”, rezaba otro fragmento. La retrospectiva empezó a funcionar entonces como registro de época. Eso fue probablemente lo más político de BafWeek,  uno de sus momentos más honestos.

Porque una celebración de aniversario tiene cierta tentación natural a limpiarse a sí misma. Elegir los éxitos, las fotos lindas, los hitos que envejecieron bien, lo que más se vendió… María Cher mantuvo dentro del relato las luchas, la bronca y las incomodidades que también forman parte de esos años. Frente a una semana donde la realidad económica había quedado tantas veces afuera del cuadro, terminar mirando de frente otra parte de la realidad argentina tuvo peso.

Al revisar la edición completa, hay una palabra que aparece una y otra vez: continuidad. BafWeek cumple 25 años y María Cher también. Delfos carga cuatro generaciones de oficio textil. Varias firmas están hoy conducidas por las hijas de sus fundadores. Lulú aprendió a coser con su abuela y Valentina recuperó los ajuares que otras mujeres guardaron.  BafWeek volvió a tener casa, convocatoria y una escena capaz de producir imágenes muy buenas. También confirmó que siguen existiendo diseñadores con oficio, ideas y ganas de hacer ropa acá. El festejo estuvo a la altura de los 25 años, sí. Pero la industria que tendrá que llegar a los 26 está bastante menos asegurada.

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